Patagonia Invisible

Coronavirus, ecología y humanos

El mundo rico vive el primer gran shock de miedo global a la enfermedad tras la mal llamada gripe española de 1918. Por aquello del calentamiento global, muy recientemente la sociedad consumista occidental parece haber tomado conciencia bruscamente de su vulnerabilidad ante la naturaleza; llevaba décadas que solo se sentía vulnerable ante Los Mercados. Bueno, hay un reducido porcentaje de la población que ni siquiera a Los Mercados les tiene respeto, porque son su herramienta para enriquecerse.

Peligroso aterrizaje en la realidad el de estas primeras décadas del siglo XXI. Si queremos que la nave tome tierra en lugar de estrellarse contra ella es preciso que hagamos un esfuerzo por establecer hipótesis que puedan explicar lo que está ocurriendo.

Según nos cuentan, la crisis del coronavirus comenzó cuando un chino se comió un pangolín. ¡Qué cosa tan tonta! Cuesta creer que algo tan surrealista y peligroso como lo que estamos viviendo, que hasta hace solo unas semanas podría haber sido simplemente el argumento de una película distópica, pueda haber comenzado así. Nuestra especie ha aprendido lo que puede y no puede comerse… comiéndoselo. Hay multitud de plantas y animales venenosos y si hemos aprendido cuáles comer y cuáles no se supone que es porque más de uno se ha quedado por el camino por morder lo que no debía. Así que hemos comido de todo. Sin embargo, no parece haber noticia de que anteriormente alguno de los virus que necesariamente han tenido que pasar al cuerpo humano desde otras especies haya liado la que está armando el COVID 19. ¿Dónde puede estar la diferencia?

Quienes de algún modo u otro trabajamos con la tierra sabemos que el paraíso de un parásito es un monocultivo. Allí tiene multitud de víctimas potenciales todas juntitas.Actualmente, más de la mitad de la población mundial vive en urbes, algunas de ellas auténticas megalópolis. COVID-19 lo tiene más fácil en Madrid que en la España vaciada. Pero la gran concentración de la población no es la única explicación. Otra, evidentemente, es la enorme movilidad actual.

A estos dos incontestables factores hay que añadir uno más inquietante de cara al futuro: la intensa alteración de los ecosistemas por la acción humana y la avidez por comerciar con especies salvajes pueden incrementar el riesgo. Aún hoy se siguen descubriendo nuevas especies de animales, incluyendo vertebrados, que podrían portar virus capaces de saltar a las personas. Si respetamos sus hábitats no tiene por qué suceder nada. Pero si seguimos accediendo a tierras y especies hasta ahora fuera de nuestro alcance, especialmente mediante la destrucción de selvas tropicales, episodios como el actual tendrán más probabilidad de repetirse.

La deforestación provoca el desplazamiento de animales que buscan otros lugares para vivir, poniéndose más a tiro de quienes los quieran cazar. El virus del Ébola pasó presumiblemente de murciélagos a humanos en 1976. Una investigación de 2015 reveló que llevaba viviendo en estos animales 25 millones de años. ¿Por qué el contagio no ocurrió hasta 1976? Probablemente lo originó la creciente deforestación y acoso a la fauna debidos tanto al afán de lucro como al incesante incremento de la población en un contexto de pobreza y de pujante demanda de maderas tropicales y minerales por parte de Occidente.

Estos hechos podrían haber propiciado un contacto más intenso entre animales portadores (no sólo murciélagos, también monos, chimpancés, gorilas, puercoespines…) y el ser humano. Los invertebrados vectores de enfermedades como el dengue, la malaria o la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo se ven favorecidos por el incremento de temperatura propiciado por el calentamiento global. Una vez surgido un brote, la transmisión entre personas es más fácil debido a la concentración de la población y a la gran movilidad.

Dicho todo lo anterior, hemos de recordar una simple noción de Ecología, la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en el que viven: los excesos demográficos son regulados por las leyes naturales. Es evidente que el subconsciente humano opera como si nuestra especie hubiese escapado a esas leyes y que por ello hemos construido una civilización que parasita a nuestro origen y único hogar, la Tierra. No tenemos por qué seguir siéndolo pero, a fecha de hoy, es indiscutible que somos una especie parásita y también suprepredadora. Los principales enemigos de parásitos y superpredadores son otros parásitos, cuya acción es más potente sobre poblaciones muy concentradas. Despertemos: definitivamente, no hemos escapado de las leyes naturales.

Lo que sí hemos hecho es crear nuevas y artificiales necesidades que favorecen a los organismos que la naturaleza guarda en la recámara para controlar nuestra población. Una de ellas es viajar, viajar y viajar. Aerolíneas de bajo coste y pisos de alquiler turístico, ofertas increíbles fuera de temporada, etc. alimentan ese incesante movimiento que las actuales generaciones disfrutan por primera vez en la historia. Por otra parte, nuestro modelo de producción y consumo, que necesita de grandes concentraciones humanas para aprovechar economías de escala, optimizar la disponibilidad de recursos y reducir costes, propicia el continuo crecimiento de las grandes urbes.

Al final resulta que todo está relacionado con todo y la ley del karma o, para entendernos, de causa-efecto, funciona. Cosechamos lo que sembramos y llevamos muchas décadas sembrando malas hierbas. Si el siglo XX fue el siglo en el que la humanidad vivió peligrosamente, parece que éste no le va a andar a la zaga. Y, mientras tanto, esta prolongación de nuestro invierno en cautiverio promete convertirse en la más hermosa de las primaveras para nuestros compañeros de viaje en la nave Tierra: ni contaminación, ni invasión de espacios naturales, ni ruido de aviones, ni atropello de fauna en carreteras, ni caza… El hecho de que la Vida florezca cuando las nuestras peligran debería darnos que pensar.

Fuente: elpais.es

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